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¿Crees que sabes cómo es tu hijo? Descubre el poder de las etiquetas



El mes pasado estuve en clase de mi hija mayor y en tres cuartos de hora con los niños pude palpar claramente que muchos niños tenían ya una etiqueta, conforme a la cual se comportaban ante sus compañeros: estaban los tranquilos y callados (a los que nadie molesta), los tímidos (los que se ponen colorados en cuanto un adulto pronuncia su nombre), los graciosos (que reciben las risas de sus compañeros aunque aporten ideas buenas y originales), los inquietos (que desconectan a los diez segundos de llegar a la clase y que son llamados al orden cada poco tiempo por sus maestros)...

El origen de las etiquetas que los adultos ponemos a los niños es variado, pero el beneficio que reciben de estas etiquetas es nulo; es más, el perjuicio puede ser temporal o para toda la vida. En ocasiones nos molesta su actitud o conducta y calificamos al niño en lugar de corregir la conducta o acompañarlo. Otras veces la conducta del niño es aparentemente positiva pero igualmente lo encierra en la cárcel de lo que todo el mundo espera de él.

Algunas etiquetas son evidentes: aquellas que califican con una palabra al niño, tonto, malo, listo, guapo, ... Otras son más sutiles y las emitimos sin apenas percibirlo: "Es una niña muy tranquila", "Pero mira que eres pesado", "¿Ya estás mintiendo otra vez?". Si observamos con detenimiento a un niño que recibe una de estas frases podremos darnos cuenta de cómo pierden casi automáticamente su actitud natural. Y si las ocasiones en las que el niño "merece" estos calificativos aumentan no es porque nosotros teníamos razón, sino porque necesita sentirse aceptado, tanto si es de forma positiva como negativa, así que empezará a comportarse tal como nosotros lo vemos.

Resulta que, tal como he comprobado en mi trabajo como docente, y acompañando a mis hijos en su crecimiento, es posible desmontar esas etiquetas y hacer que los niños se sientan libres para ser y hacer lo que necesitan en cada momento, que se superen por encima de las expectativas de los demás y de las suyas, y que se atrevan a probar cosas nuevas:
  • dejando de usar ciertas palabras concretas que cada niño ha escuchado muchas veces sobre él, sin calificar cada cosa que hace o deja de hacer
  • proponiendole actividades y colaboracion, olvidando lo que solemos esperar de el, dispuestos a dejarnos sorprender
  • rompiendo cliches mentales y dejando las clasificaciones de "bueno" y "malo" para todo lo que hacen los niños
Este trato que les damos a través de las etiquetas es injusto. En primer lugar porque son personas en formación y crecimiento que aún no tienen definido su carácter; y en segundo lugar, porque si somos honestos nos daremos cuenta que en ocasiones se "comporta" tal como nosotros lo hemos calificado, pero en muchos otros momentos no. Y en tercer lugar porque calificar a un niño es tener una visión muy pobre de lo que vale como persona, ya que su potencial, temperamento, actitudes, no se pueden definir con una sola palabra.

Mª Pilar Gómez, Conviviendo en Positivo
Mª Pilar Gómez es maestra, mediadora familiar y social, y está el frente de Crianza En Familia

Proyectando




     Cualquier observador atento de relaciones y conversaciones maternales habrá escuchado en ocasiones afirmaciones similares a éstas:

  • “le quité la teta porque lo que tenía ya era dependencia, está más tranquilo así, es mucho mejor para todos”.
  • “nos estaba tomando el pelo porque sabía hacer pis en la baza pero prefería usar el pañal; se los quitamos y en dos días controlaba perfectamente”.
  • “está mucho más contenta si va un rato a la guardería que si la tengo conmigo, se entretiene más y está más tranquila el resto del tiempo”.


     No por el hecho de que una afirmación se repita una y otra vez se convierte en verdadera porque sí, y los ejemplos anteriores llegan a ser absurdeces admitidas, repetidas, valoradas y usadas como explicación, similares a “es mejor que se te adelante el parto porque con un bebé pequeño es más fácil”o “no pasa  nada si te vas unos días, total ni se enteran”…
Rebeca López Noval Kisikosas

     La única realidad es que cada diada mamá-bebé, cada familia, cada circunstancia, son únicas. Criar no es fácil, no son matemáticas y deberíamos huir de algunas soluciones que se venden como panaceas. En ocasiones, demostraciones científicas son capaces de demostrar lo que supuestamente “es mejor”,  pero esa bondad no significa que sea lo mejor para cada familia. Quizá, por ejemplo, dar el pecho hasta que el bebé se destete por sí mismo es lo mejor (estudios antropológicos explican que la edad natural del destete es alrededor de los seis años*), pero condicionar obligatoriamentea eso a una madre trabajadora, separada, con dos hijos lactantes y con su familia lejos (por decir algo), quizá no le acerque al estado de ánimo necesario para ser una madre capaz de contener. Aquello que valoramos como “mejor” debería ser la dirección en la que se ha de tomar el camino, y no sólo la meta. No hay que llegar a toda costa o de cualquier manera, sino que después de haber meditado y valorado cuidadosamente una opción, deberíamos aproximarnos a ella, parándonos a valorar si merece la pena seguir por ahí o conviene cambiar de rumbo. Pero para eso, es imprescindible que exista una buena capacidad de escucha y auto-observación… Las madres, los padres, deberían ser capaces de preguntarse: "lo que sucede ¿le pasa de verdad a mi bebé, o creo que me pasó a mi niña interior y lo pongo en ella?"

     Se ha comentado en esta sección varias veces la necesidad de que las madres desarrollen su potencial  de escucha, empatía y lucha. Los grupos de apoyo y las asociaciones están muy bien, pero se debe acudir a ellas con la intención de que supongan  ayuda, no de que hagan el trabajo personal de cada una. Añado otra necesidad adicional: que las madres (principalmente, pero no sólo) puedan ser capaces de permanecer atentas a sus propias necesidades y situarlas de manera justa en su historia de crecimiento personal, para poder dar una respuesta adecuada a las demandas de las criaturas. Sólo así se puede aprehender terceros lo necesario para continuar andando y acercarse a lo que se ha elaborado como adecuado.

     El problema de aceptar una verdad como absoluta sin pararse a pensar en cómo afecta al clima familiar general  y, particularmente, a cómo remueven todos esos escudos que en su día se erigieron, es que no se tienen herramientas adecuadas para encontrar variaciones personales cuando algo no sale como la teoría supone que tiene que salir. También pasa cuando se toma una decisión sin meditar mucho, o haciéndolo porque la mayoría lo hace igual, aunque rechine.

     Cuando una decisión tomada respecto a los hijos resuena o molesta en ocasiones se toma la vía rápida: se “explica” según la mirada adulta, y se actúa en consecuencia. Si eso choca demasiado contra lo que se hacía hasta entonces, aparecen las justificaciones, aparece la CULPA.

     Si ante una decisión difícil se opta por mirar al niño desde la mirada del niño, desde su altura y su momento de desarrollo, se explicará de otra forma. Y esta otra forma puede ser analizada y negociada; se puede llegar a la misma actuación que en el caso anterior pero, no harán falta justificaciones, no harán falta excusas… aparece entonces la RESPONSABILIDAD (y la asunción de la misma, que no es igual que la culpa) y se abre el camino para mantener una relación con los hijos sana. Sobre los ejemplos anteriores: 

  • ¿Cómo fue el destete de esa mamá? ¿lo eligió o se lo impusieron? ¿se lo explicaron, al menos? ¿de verdad en la actualidad es autónoma e independiente? ¿tiene buena relación con su marido, se lleva bien con su madre?
  • ¿A esa madre le preocupa que le tomen el pelo? En su vida cotidiana ¿siente que se quieren  aprovechar de ella? Su hermano, un político, el vendedor de coches ¿es capaz de decirles que no?
  • ¿Es mejor un bebé tranquilo que uno capaz de llamar la atención por sus propios medios? ¿Le reprocharon a ella que era inquieta? ¿Está desbordada, no hay actividades que pueda dejar de hacer?



* Stuart McAdam, P., Dettwyler K.A. (Eds.): Breastfeeding: biocultural perspectives. Aladine de Gruyter, 1995.

Beatriz Coronas, psicóloga.
A las madrigueras!

Hasta que los hijos nos separen


Cuando éramos novios y vivíamos con nuestras respectivas familias todo era romántico y nuevo. Cuando empezamos a vivir juntos todo seguía siendo nuevo y romántico. Cuando nació nuestra primera hija la experiencia era nueva, el romanticismo no tanto. ¿Qué fue pasando?

En la construcción de nuestra familia hemos pasado por varias fases: los comienzos estuvieron llenos de novedad, ternura por el recién nacido, aprendizajes, descubrimientos, e incluso las horas sin dormir las llevamos con soltura y energía sobradas. Con más niños es más complejo compaginar la atención a las necesidades de cada criatura, las propias, encontrar momentos para la pareja y organizar la intendencia del hogar.

En los foros de maternidad -porque son las mujeres las participan mayoritariamente y buscan respuestas para la crianza de sus hijos- muchas madres se quejan de la falta de apoyo de sus parejas, e incluso hablan de enfrentamientos directos o conflictos diarios con éstos por cuestiones relativas a la alimentación, la lactancia materna, el modo de relación con los niños, el colecho...

Nuestro secreto para compartir un estilo de crianza común fue leer ambos el mismo libro, lo que supuso una apertura hacia un estilo diferente. A partir de ahí no dejamos de preguntarnos por el mejor modo de realizar nuestra tarea como padres. Ahora mismo existe una complicidad muy grande, una comprensión profunda de los puntos débiles del otro y sobre todo, un compromiso serio por cultivar el amor mutuo, cuidando de no convertirnos únicamente en "padre" y "madre" dejándonos absorber por el día a día de nuestra familia numerosa, puesto que cada uno somos más que nuestro rol parental y la relación de pareja sigue teniendo entidad propia.

Los principales obstáculos que experimentamos para una relación de pareja sana cuando tenemos hijos a nuestro cargo:

-la insatisfacción personal con la propia vida, que lleva al desánimo y el malhumor constantes, no tener claro qué quiero hacer con mi vida, dejar pasar los días sin dar salida a mis inquietudes y dones, convierte el hogar en un lugar de enfrentamiento por cuestiones pequeñas, enfrentamientos que revelan que estamos a disgusto, aunque solemos proyectarlo en la otra persona, e incluso en los niños

-la falta de flexibilidad en las costumbres, porque ¿realmente es tan importante que el trapo de la cocina quede colgado del grifo al acabar el día?

-la escasa comunicación con la pareja, por falta de tiempo y sobre todo por relajarnos en la implicación con la relación

-mantener un nivel de comunicación superficial, basado en contarnos lo que hacemos a diario, charlar sobre los amigos y la familia o la actualidad

-dar por supuesto que la otra persona sabe cómo nos sentimos, que nota nuestro desacuerdo, cansancio o necesidad de apoyo; efectivamente no es así, lo cual nos frustra y aumenta la incomunicación y los conflictos

-convertir el cuidado de los hijos en el centro de mi vida, dejando desatendidas otras facetas de mi persona y por supuesto la relación amorosa

Hay algunos puntos clave para una relación positiva cuando se tienen hijos, muchos son conocidos por casi todo el mundo -lo que no implica que se pongan en práctica todo lo necesario-:

-dialogar juntos sobre la crianza de los niños antes de tenerlos, buscar información para compartir criterios educativos


-comunicar las dudas, alegrías y frustraciones que vivas a lo largo de la relación de pareja y familiar, para no acumular sentimientos negativos hacia la otra persona

-tener momentos para el diálogo personal, sin niños, para compartir aficiones y tiempos de relax

-tener proyectos personales propios de la índole que sean, de modo que la vida de familia no sea tu única ocupación

-si hay algo que marca la diferencia es la comunicación: muchas de nuestras conversaciones podríamos tenerlas con amigos e incluso conocidos; si se trata de un nivel más profundo de comunicación entonces llegamos a los sentimientos y emociones, y en el último nivel se encuentran nuestros deseos y proyectos, nuestras inseguridades y esperanzas, experiencias de infancia, etc. Cuando cuentas lo que te ocurre, preocupa, sueñas, inquieta, divierte... el mensaje que recibe la otra persona es que es importante en tu vida, así que dí lo que sientes, qué te hace sentir inseguro y dudar, cómo quieres que sea vuestra familia, qué vas a hacer para contribuir a ello, cuál es el proyecto con el que sueñas...

Lo que no se nutre acaba muriendo, si imaginamos que nuestra pareja sobrevivirá a base de rentas de experiencias pasadas podemos encontrarnos con el tiempo inmersos en una relación gastada, sentirnos sin ilusión y lejanos de quien era parte fundamental de nuestro día a día y nuestro mayor socio en el empeño vital de crear una familia. De ambos depende que esto no sea así.

Maria Pilar Gomez San Miguel
Crianza en Familia

Aprender inglés con la TV


Desde antes de nacer mis hijos sabía que exponer a los niños a los idiomas les facilita su aprendizaje. Por eso quise que nuestra familia fuese bilingüe - hablamos siempre en español (el idioma materno de mi pareja) y con los niños desde que nacieron yo hablé rumano (mi lengua materna).

Por otro lado también quería impulsar el aprendizaje placentero de otros idiomas recordando mi propia experiencia de pequeña: aprendí el inglés no sólo por las clases de la escuela, sino, sobretodo, por las películas subtituladas que veía en la TV - desde películas de vaqueros, comedias ligeras, obras de teatro de la BBC, dibujos animado o dramas históricos hasta documentales o series de la BBC o las típicas telenovelas norteamericanas.
Evidentemente había también maravillosas películas rumanas, francesas, italianas, alemanas, checas, polacas, rusas, españolas, indias, pero todos sabemos que los países de habla inglesa son los grandes productores y distribuidores de este tipo de entretenimiento en Europa, con lo cual la mayoría de las pelis que veíamos estaban en inglés.
Lo interesante fue que, incluso sin llegar a hablar o a comprender los otros idiomas, el hecho de escucharlos con cierta frecuencia desde pequeña hizo que me resultara muy fácil reconocerlos o aprenderlos de mayor (como me ocurrió con el español y el francés a los que solo estudié de forma estructurada durante un año cada uno).

Así que desde siempre nosotros vimos películas subtituladas en casa y esta costumbre siguió igual después de nacer los niños. ¡Recuerdo cómo iba buscando siempre las cintas video originales de las pelis para niños en VO en las tiendas! (hablamos de los años 90 y poco después, antes de la época de los DVDs)
Reconozco que en nuestra actitud había algo más que facilitar el aprendizaje de un idioma, era toda una filosofía de respetar el arte del cine (tengo muchos amigos que disfrutan con las versiones dobladas, ¿pero acaso una película no está compuesta por imagen más banda sonora original igualmente? Si se le quita el sonido con la que se creó para reemplazarlo con otro ¿no es como adulterar la obra en sí?) y de familiarizarnos con otras culturas, otros sonidos, otras maneras de hablar....

Un día, estando en casa de unos amigos norteamericanos cuya hija de 4 años dominaba muy bien el inglés y el español, vimos que mi hija mayor (que tenia 6 años en aquel entonces) le contestaba en inglés siempre, a pesar de que la pequeña le hablaba en castellano. 
Me quedé muy sorprendida porque no me había esperado, confieso, que las películas de dibujos animados en VO tuviesen tanta eficiencia y ¡en tan poco tiempo!
Así seguimos otros cuatro años y, cuando los niños cumplieron 10 y 8 años respectivamente, empezaron a ir media hora a la semana a hablar inglés con una nativa - las clases eran solo para conversar, le pedí a la profe que no les presione todavía con la gramática, sobre todo porque mi hijo era más lento y más tímido; poco tiempo más tarde mi hija misma me pidió comprar un cuaderno para aprender a escribir en este idioma. 
Por razones de incompatibilidad de horarios, sin embargo, tuvimos que renunciar a las clases de inglés. Pasaron otros cuatro años en los que no hubo clases estructuradas, pero seguimos viendo pelis en VO en la TV - esta vez lo teníamos más fácil, porque ya habían aparecido los DVDs y empezamos a poner los subtítulos también en inglés. De esta forma lo que se hablaba en la película aparecía reflejado por escrito de forma correcta. Al que más le costó leer los subtítulos en inglés fue a mi hijo que se toma con más calma el tema de los idiomas. 
Mientras tanto, en todos estos años, dio la casualidad que practicamos también activamente el inglés en ocasiones, o con amigos extranjeros o de viaje en otros países. Además mi hija se lanzó y empezó a leer libros en inglés poco a poco, sin presión alguna, simplemente porque así lo quiso; a mi hijo le cuesta todavía y no lee con soltura libros, pero ya está encantado de leer los subtítulos de las películas.

El año pasado decidimos que ya era un buen momento para empezar en serio con clases estructuradas; los niños contaban con 16 y 14 años de edad. Los matriculamos en los cursos de British Council - después de la evaluación de nivel que se hace al ingresar, a la niña la metieron en el grupo de FCE (que es un curso muy avanzado), al niño en un nivel un poco inferior, pero no en principiantes, y a mí en CAE (¡solo un nivel por encima del de mi hija, en la situación en la que yo estudié inglés de forma estructurada desde los 7 años en el colegio!).

La conclusión es que en nuestro caso el aprendizaje casi "involuntario" de este idioma funcionó estupendamente. Partimos de la base de que aprender un idioma se hace por dos motivos, por necesidad - para comunicarse - y por placer, como un juego. Otro elemento básico imprescindible es estar en contacto con la lengua respectiva el mayor tiempo posible, sin restricciones, pero sin obligaciones tampoco. Cuidamos bastante el tiempo que pasaban delante de la pantalla - es importante no transformar el aparato en una "niñera" - pero fuimos conscientes del gran potencial de esta herramienta como recurso educativo.
Para mí los elementos que ayudaron en nuestra familia fueron varios: la edad temprana de los niños, la constancia y la coherencia con una manera de ver los idiomas en su contexto cultural, la aceptación del aprendizaje en la primera fase como algo lúdico, placentero (la necesidad de comunicarse en este idioma no existía al principio) y la exposición sin limites al idioma, aunque en los primeros años fue mayoritariamente de forma pasiva. Sin embargo este aprendizaje pasivo en los años de la infancia facilitaron enormemente la asimilación eficaz y duradera de la lengua de tal forma que en los años de la adolescencia mis hijos emprendieron la cómoda tarea de estructurar y ordenar de forma más académica y seria todo lo asimilado anteriormente. Lo que se aprende con la TV no reemplaza del todo un aprendizaje activo, conversacional, con alguien nativo, pero en falta de ello, sienta una buena base, ya que constituye un contacto diario (aunque pasivo) con el idioma.
Los gastos seguro que fueron menores que si hubiesen estudiado oficialmente en una academia especial durante todos estos años y el esfuerzo consciente fue mínimo (el esfuerzo subconscinente fue máximo, pero los niños no lo notaron, se lo tomaron casi como un juego).

Aliento a cualquier familia que pruebe este método, no es caro, es eficaz (*) y es duradero.



(*) Doy fe de que el mismo método ha funcionado estupendamente en el caso de mi hija también con el japones - después de enamorarse del idioma al ver las películas de dibujos animados de Hayao Miyazaki, empezó a estudiarlo con una nativa (durante tres años) y ahora lleva ya un año matriculada en la escuela oficial de japonés, en un nivel avanzado, y aprovechando todas las ocasiones que se presentan para conversar con nativos.

Ser amigo de tus hijos

Ya sé que en este momento aconsejar ser amigo de sus hijos – cuando tantos “expertos” pregonan lo contrario – puede sonar como mínimo paradójico.

Pero es que de hecho no hay ningún indicio de que ser amigo de tus hijos sea algo negativo, es más bien al revés, después de mi experiencia, como hija y como madre, y después de observar muchas más familias de mi entorno puedo afirmar rotundamente que lo mejor para la salud familiar es ser amigo de tus padres, amigo de tus hijos.

Lo que tenemos nosotros con nuestros hijos de 17 y 15 años es una relación de amistad que me asombra todavía porque no me la esperaba de esta forma, es una especie de complicidad deliciosa que me maravilla cada día – nos hace sentirnos bien como familia.

El secreto de esta amistad tan especial consiste en la comunicación continua y en el respeto y el cariño que nos mostramos en la familia. Y el principio por el que nos regimos es ni hacerles, ni permitirles hacer a ellos lo que no les permitiríamos o haríamos a los adultos que nos rodean: otros familiares, amigos, conocidos, desconocidos… Hay una relación de igualdad desde muchos puntos de vista, y es por eso que en nuestra casa no hay unos mejores que otros, unos más fuertes que otros, unos que abusen, otros que se aprovechen, que se sientan engañados, estafados, mentidos, manipulados… No hay castigos, no hay burlas, no hay insultos.

Lo natural es apoyarnos los unos en los otros en la familia, según las situaciones que se nos presentan diariamente. Es esta disponibilidad de ayudar la que nos convierte en primer lugar en amigos.

Por desgracia hay mucha gente que confunde las nociones de amistad, respeto y negociación con una permisividad sin límites, olvidándose que los niños necesitan desarrollar criterios, y los padres estamos a su lado precisamente para ayudarles y guiarles en esta importantísima tarea. No hay que confundir la bondad con la debilidad o con la falta de interés en el desarrollo del niño.

La falta de criterio, la permisividad ilimitada es igual de dañina que la autoridad demasiado estricta; y dejarles a los niños demasiada libertad sin atención amorosa es igual de contraproducente que no dejarles espacio personal e intentar domar su personalidad.

Ser amigo de tu hijo significa ofrecerle el mismo respeto que se merecen los demás, independiente de la edad que tengan. Significa tener confianza en él. Colaborar con él, pedirle la ayuda u ofrecérsela, negociar de forma positiva para que ambos – padre e hijo - vayan ganando en una situación de conflicto.

Y es que más tarde, cuando el hijo se convierte en un adulto, en tu igual, ya dejas de ser su “padre”, y tu papel de líder o guía disminuye; lo que queda entre los dos es esta preciosa relación de amistad que no se acabará nunca a lo largo de la vida. No es cuestión de reemplazar a los amigos que tu hijo hará durante su vida, sino ser uno más de ellos, uno especial que le ayudó a desarrollar todo su potencial básico, le ayudó a crecer como ser humano y a estar conectado con su propio yo para poder conocer a los demás también, entenderlos, aceptarlos, vibrar con sus valores.

Aparte de ser su padre, ser también el primer amigo de tu hijo le enseñará entablar amistades duraderas durante toda su vida. Como dicen siempre: "La familia te viene dada, los amigos los eliges tú". ¿Y qué mejor que elegir ser amigo de tus padres o hijos también?

El doble rasero con los niños

Frecuentemente los adultos pierden buena parte de la capacidad de ponerse en lugar de otros y de aceptar distintas opciones como válidas; esto se llama empatía y pese a estar presente en el desarrollo de planes de estudio y de programas de desarrollo emocional como parte imprescindible para un correcto crecimiento personal en los niños muchas veces desaparece en la adultez, o si aparece es de forma muy tangencial. La mayoría de los adultos se perciben a sí mismos como personas más o menos empáticas y sensibles con las necesidades de los otros, pero aparecen muchas dificultades cuando se alejan del modelo adulto-céntrico predominante. Casi todas las personas son capaces de entender a otro cuando está enfermo, cuando ha perdido un trabajo o cuando se enfrenta a adversidades, y sin embargo presentan resistencias enormes cuando las necesidades surgen en el mundo infantil, mucho más emocional y sensible que el adulto. De esta situación aparecen multitud de confrontaciones entre grandes y pequeños, y se enquistan las posibilidades para solucionarlas. Muchas veces el adulto confunde el “ajuste al mundo infantil” con “ser muy directivo”, “marcar límites claros” o, simplemente “obedecer”. Es decir, que se le permiten muchas cosas a un niño o una niña mientras su comportamiento no choque de lleno con el punto de vista adulto. Obviamente esto es necesario en ocasiones en las que la seguridad de un niño está en peligro, pero demasiado frecuentemente es simplemente el hecho de hacer cosas distintas “a lo que un niño tiene que hacer”. Esto se manifiesta en comportamientos, actitudes o peticiones hacia el comportamiento que se realizan de forma injusta y/o arbitraria. Y es que muchos adultos exigen a los niños mucho más de lo que se exigen a ellos mismos o de lo que tolerarían a otros. ¿Ponemos algún ejemplo?

  • Roberto está de paseo con su mamá y ésta se encuentra a una amiga a la que hace tiempo que no ve. Empiezan a hablar y Roberto se queja: se aburre y quiere irse. La respuesta de la madre es: “un momento, ahora voy”. “Ahora mismo nos vamos”. Tras un rato de aburrimiento, Roberto encuentra diversión con unas piedrecillas. De repente, su madre se da cuenta de lo tarde que se le ha hecho, se despide y exige: “Roberto, vámonos que es tarde”. –“Ahora voy, mamá”. –“¿Ahora? ¡NO! ¡Ya! Y deprisa, que llegamos tarde”. ¿Está la adulta dando un ejemplo de comportamiento? ¿Será capaz de darse cuenta que no está empatizando con el pequeño?


  • A Margarita le compran una bolsa de chuches y le dicen que sólo puede comer una al día. En un descuido de sus padres, agarra la bolsa y se da un atracón. Cuando su padre lo descubre y la regaña por haber desobedecido. Está muy decepcionado por no poder confiar en la palabra de la niña, que tiene que aprender a controlarse. Como castigo, esa noche no le lee un cuento en la cama, porque está muy enfadado. Se enciende su cigarrillo electrónico y se pega su parche para dejar de fumar y se afirma en su creencia que la niña “tiene que aprender”.


  • Luis no ha terminado un trabajo del cole. Su madre no puede ayudarle pues tiene que hacer la declaración de la renta, pues acaba el plazo al día siguiente y no “ha tenido tiempo” de hacerla. Luis recibe una bronca por no organizarse como debe.


En la vida cotidiana tenemos miles de ejemplos similares. Si los adultos fueran capaces de exigirse a sí mismos lo mismo que exigen a los niños, en el mundo no habría miles de métodos de adelgazamiento fallidos, no se organizarían seminarios de profesionales para organización del tiempo, ni la teletienda inundaría las pantallas con miles de artículos tan inservibles como codiciados. Si los niños encontrasen coherencia entre las actitudes de los adultos y las peticiones hacia ellos, las relaciones serían más fluidas y sanas.

Y tú ¿le exiges a tu hijo lo que eres capaz de pedirte a ti mismo?

Beatriz Coronas, psicóloga. 

Adultos responsables


Cuando decidimos tener hijos y hacernos responsable de su cuidado y educación no nos hacemos una idea certera de lo que supone. Se trata de procurar los cuidados básicos, cubrir las necesidades fundamentales de los bebés-niños, fomentar un ambiente sano y respetuoso, cuidar con afecto...

Esto sumado a las necesidades que también tenemos los adultos puede convertir la vida familiar en un equilibrio difícil de mantener: tantas personas, cada uno con su sentir particular... Sin embargo, no es una buena idea echar la culpa de los malos momentos a otros: nuestras emociones y reacciones son enteramente nuestras.

El ambiente que vivimos en la familia es enteramente responsabilidad de los adultos, no podemos responsabilizar a los niños. Por supuesto que influyen con su inexperiencia en los conflictos, su falta de lógica, sus problemas. También con su vitalidad, dinamismo, creatividad.

Puede parecer más sencillo culpar a los niños de nuestro enfado o frustración, del mal ambiente porque tuvimos que gritar para que nos hicieran caso... pero realmente es más satisfactorio y sobre todo, honesto y liberador, asumir los propios actos.